Iglesia de Santa Olaya

La iglesia parroquial de Santa Olaya o Santa Eulalia, que es de las primitivas del término, es de nave única y ábside cuadrado, con dos pórticos en el exterior. Aparece documentalmente ya en el 1086, por lo tanto sería ya románica, aunque el ábside cuadrado parece más reciente por su bóveda apuntada. De los elementos románicos destacan varios canecillos y una portada en el interior de la nave, a la izquierda, muy baja, con varias arquivoltas y dos columnas entre codillos, una decorada con un hombre y otra con una mujer, ambos con el sexo muy destacado. Esta puerta da acceso a una larga estancia paralela a la nave, cubierta con bóveda apuntada y una pequeña estancia al final, todo ello da la impresión de ser de los siglos XIII-XIV.
En el interior se cuentan hasta 46 piedras sepulcrales numeradas.
La fachada, espadaña de triple arco y pórticos, el frontal casi cerrado y el lateral abierto sobre pies derechos, son ya del siglo XVIII.
Es curioso el sepulcro de piedra que se conserva en el interior, sin más decoración que unos sogueados muy arcaizantes, y que pese a que carece de inscripción se ha atribuido por algunos a un tal obispo Ataulfo o Dolfu.
Según la tradición, reinando Bermudo II, este Obispo de Iria (Santiago de Compostela), camino de Uvieoy tras superar la cumbre del Freisnu, divisó la iglesia de La Mata y le entusiasmó tanto la situación del templo que decidió que ahí sería enterrado cuando falleciese, lejos de pensar que muy pronto Dios cumpliría su deseo. Al día siguiente, el Obispo gallego continúo su camino a Uvieo para presentarse ante el Rey y expiar su pecado por el que había sido acusado. El Rey, que le esperaba, mandó soltar un toro bravísimo para que le embistiera, pero de repente, el toro se paró frente a él y bajó dócilmente sus astas, entregándoselas en la mano. Con admiración, los presentes le pidieron perdón al Obispo Ataulfo, y como muestra del milagro y el triunfo de la inocencia sobre la calumnia, las astas del toro permanecieron colgadas en la catedral de Uvieo durante largo tiempo.
De camino de vuelta el Obispo, apenas entra en el concejo de Grau, fallece de repente. Cuando sus acompañantes deciden continuar con el cadáver, las mulas que lo portaban se espantan y se dirigen a la iglesia de La Mata donde se paran, haciéndose cumplir el deseo del Obispo de ser enterrado allí.